A veces despierto y no sé muy bien quién soy.
No es que haya olvidado mi nombre, ni mi cara en el espejo. Es otra cosa. Es como si hubiera capas de mí misma que están enterradas debajo de demasiada mierda, y cada vez que intento cavar para encontrarlas, las manos me tiemblan.
Sé que hay cosas que no recuerdo. No es una sensación, es un hecho. Hay huecos en mi cabeza, espacios vacíos donde debería haber noches enteras, personas, conversaciones. Y lo peor no es no recordar. Lo peor es saber que si algún día esos recuerdos vuelven, todo lo que tengo ahora podría romperse en pedazos.
Porque ahora tengo cosas. Tengo a Erik.
Chistera me mira como si fuera alguien que merece la pena. Y eso me da más miedo que cualquier bala.
Con él es diferente. No sé explicarlo bien. Cuando estoy a su lado no necesito fingir que estoy bien. Puedo estar en silencio y él no llena el vacío con preguntas estúpidas. Simplemente está. Como si entendiera que a veces lo único que necesitas es que alguien se siente a tu lado y espere contigo a que pase la tormenta.
Pero luego me acuerdo de Andrew. De Phantom. De mi padre. De toda la gente que quise y que ya no está. Y me pregunto si Erik será el siguiente. Si esta ciudad se encargará de arrancármelo también, solo para recordarme que no puedo tener cosas bonitas.
Mi hermano sigue por ahí. No hablamos. No desde antes de la redada. No sé si me culpa por no haberle advertido mejor, o si simplemente ya no sabe cómo mirarme sin ver todo lo que perdimos. A veces pienso en llamarlo. Cojo el móvil, busco su nombre, y me quedo mirando la pantalla hasta que se apaga. ¿Qué le digo? ¿"Lo siento"? ¿"Te lo advertí"? Las palabras no sirven para lo que pasó.
Nia es de las pocas que se queda. Reaper. Qué nombre más acertado. Ella me entiende sin necesidad de explicaciones. Las dos sabemos lo que es cargar con algo que no se puede compartir. A veces quedamos en silencio, cada una en su mundo, y aún así es el momento más tranquilo de mi semana.
El otro día pasé por Davis. No debería haberlo hecho. El barrio sigue igual, pero ya no es mi casa. Las esquinas donde solíamos reunirnos están vacías. Las caras nuevas me miran como si fuera una extraña. Supongo que lo soy.
La ciudad no perdona. Eso lo aprendí antes de aprender a leer.
Thomas Parker me dijo una vez: "Las cosas a veces no son tan fáciles como te dicen, Sammy… A veces la gente hace cosas de las que se arrepiente y otras veces hace cosas que sus superiores les mandan…". En ese momento no entendí lo que quería decir. Ahora sí. Y aún así, no sé si podría perdonarlo aunque lo tuviera delante.
No sé si quiero recordar lo que olvidé. No sé si estoy lista para cargar con más peso del que ya llevo. Pero tampoco sé si puedo seguir así, con estos agujeros negros en mi cabeza, sintiendo que hay versiones de mí misma que murieron y yo ni siquiera pude despedirlas.
Lo único que tengo claro es que no pienso rendirme. Aunque duela. Aunque haya noches en las que no pueda dormir porque cada vez que cierro los ojos veo sangre que no sé si es real o inventada. Aunque a veces mire a Erik y sienta que lo voy a perder igual que perdí a todos los demás.
Me llaman Sammy. Tengo 24 años. Vivo en Morningwood pero mi corazón sigue en Davis, en un callejón donde dos gemelos me pegaron por algo que no hice, en una redada donde vi morir a mi amigo, en una celda donde me encerraron por un crimen que nunca cometí.
Soy todo eso y también soy la chica que se ríe con Erik cuando nos olvidamos del mundo. Soy la que ayuda a Nia con sus cosas sin hacer preguntas. Soy la que todavía espera que su hermano coja el teléfono.
Y aunque no recuerde todo, aunque haya partes de mí que sigan enterradas, hay una cosa que sí sé con certeza:
Todavía estoy aquí. Y mientras respire, seguiré luchando.
— Samantha Brooks