Sylvia Collins nació el 15 de septiembre de 2003 en Groove Street. Su padre, miembro de los Ballas, fue arrestado cuando ella tenía cinco años. Su madre se volvió estricta e inaccesible. Mientras su hermana Lynsay desafiaba normas, Sylvia fue la hija ejemplar: obediente, callada, casi invisible. A los 19 años, huyó con Selene, una teniente de policía diez años mayor. Dos tratamientos de fertilidad fallidos y la traición de Selene la destrozaron. Regresó a Groove Street para descubrir que Lynsay se había sumergido en el mundo de los Ballas. Intentó salvarla pero quedó atrapada también. Durante meses, su vida osciló entre informática freelance, trabajo en Grove Customs y lazos con la banda. Todo cambió tras un diagnóstico: tumor cerebral maligno en el lóbulo frontal izquierdo. La noticia no la destruyó; la reconfiguró. Decidió que debía gastar su tiempo equilibrando su balanza. Se inscribió como estudiante en el Hospital Pillbox, estudió, se formó y aprobó el examen. Hoy es enfermera, ofreciendo cuidado y alivio mientras ella misma recibe quimioterapia. Hace meses que no ve a Lynsay, ni a su madre, ni a nadie de su viejo entorno. Por primera vez en mucho tiempo, Sylvia es feliz en la fragilidad, feliz en la lucha, feliz en la misión de demostrar que no está condenada a ser solo una herida con nombre propio.