Raven Cross nació en Ludlow, un pequeño pueblo perdido en la Ruta 66 donde el rugido de las Harley-Davidson formaba parte del paisaje. Era hija de Jackal y Mags Cross, fundadores de The Rust Vipers, un club motero construido sobre un código simple: la familia siempre estaba por encima de todo.
Su infancia transcurrió entre motores abiertos, carreteras infinitas y el olor permanente a gasolina. Antes de aprender muchas cosas de la vida, ya sabía desmontar un carburador y distinguir una avería por el sonido del motor.
Todo cambió cuando una guerra entre clubes convirtió a los Rust Vipers en un objetivo. Para mantenerla con vida, sus padres decidieron enviarla a San Francisco, lejos del conflicto que acabó obligándolos a retirarse definitivamente.
San Francisco nunca fue hogar para Raven. Trabajó en talleres, sobrevivió como pudo y aprendió que la confianza era un lujo reservado para quienes podían permitirse perderla. Allí conoció a Abigail Jones, una amistad que acabaría marcando su vida sin que ninguna de las dos imaginara hasta qué punto.
Años después regresó a Los Santos buscando recuperar aquello que sentía haber perdido: un lugar donde continuar el legado de Jackal. Gracias a Abigail comenzó a trabajar en el Tequila-La y terminó colaborando con personas relacionadas con The Lost MC, esperando encontrar algo parecido a la familia en la que había crecido.
El destino volvió a cambiarlo todo. Durante una huida de la policía sufrió un accidente que terminó con el coche envuelto en llamas. Sobrevivió tras varias operaciones, aunque las quemaduras le dejaron secuelas permanentes y la pérdida definitiva de sus huellas dactilares.
Mientras aún intentaba reconstruir su vida, una simple broma cambió su historia para siempre. Una prueba de ADN confirmó que Abigail no era solo su mejor amiga. Era su hermana. Compartían padre y madre.
En ese momento, Abigail formaba parte de The Lost MC, un club que Raven estaba intentando entrar. Pero antes de que pudiera hacerlo, el club comenzó a desgarrarse desde dentro. Cuando Abigail decidió marcharse a Colombia junto a Nelson, Raven ni siquiera necesitó pensarlo. Abandonó Los Santos, renunció a cualquier posibilidad de formar parte de un club motero y cruzó el continente para permanecer junto a la única familia que realmente le quedaba.
En Colombia, Nelson tenía contactos y un rancho donde podrían vivir tranquilos. Pero Raven nunca llamó a ese lugar "rancho". Para ella era "La Fortaleza": un complejo fortificado con seguridad privada, armas y todo lo necesario para mantenerlos a salvo. Durante seis meses vivieron allí, escondidos del mundo.
Seis meses después, Abigail tomó una decisión que cambiaría el rumbo de todos. Necesitaba regresar a la ciudad para buscar respuestas sobre su madre, una mujer que seguía viva y a la que nunca había conocido. Raven, aún con el miedo intacto, no dudó en acompañarla. Nelson tampoco.
La noche antes de la partida, Raven encontró a Abigail en su habitación, haciendo la maleta con el rostro lleno de dudas y miedo. Se sentaron juntas en el suelo. Raven le confesó que aún no estaba preparada para separarse de ella, que las lágrimas se acumulaban en su pecho como una tormenta que no había podido soltar en años.
— No quiero, no puedo, dejar que nada nos vuelva a separar. Perdimos mucho tiempo por la decisión de otras personas, y si lo que necesitas es ir a conocer a nuestra madre, estaré ahí para que cuando eso pase no lo hagas sola.
Abigail temblaba. Sentía que las arrastraba a un peligro que no merecían, que los seis meses de seguridad se desvanecerían en un instante. Pero Raven tomó su mano y la apretó contra su pecho, como si quisiera que su hermana sintiera los latidos que llevaba dentro.
— Nunca hemos estado a salvo, Abi. Ni ahí, ni aquí, ni en ningún sitio. Pero cuando estamos juntas... el miedo, al menos, pesa menos.
Aquella noche, entre lágrimas y abrazos, Raven no solo prometió proteger a su hermana. Le prometió que nunca más estaría sola. Y mientras se secaban las mejillas y se reían de lo absurdo de la situación, Raven confesó entre risas que ni siquiera había empezado a hacer su propia maleta.
El regreso a la ciudad no solo significaba enfrentar el pasado. También implicaba construir un futuro. Con el tiempo, Raven, Abigail y Nelson comenzaron a plantearse algo más grande que un simple refugio. Hablaron de montar una banda, una asociación destinada al tráfico de armas, drogas y, si era necesario, personas. Un negocio que les diera poder, protección y recursos.
Pero no sería un motorclub al uso. No se trataría de motos ni de parches. Sería una hermandad, un grupo de personas unidas por la lealtad y el código que Jackal Cross había enseñado a Raven. Un lugar donde la palabra valiera más que cualquier contrato. Una familia elegida, dispuesta a darlo todo por los suyos.