El Sendero de las Tres

Xilna, Dumur y Veltria - La Trinidad Sagrada

θ

"La luz se curva ante el orden"

Principios Básicos de la Religión

Esta religión gira en torno a tres diosas, representadas por tres objetos sagrados. Dos de ellas pueden ser descritas y comprendidas por los fieles. La tercera, sin embargo, es innombrable e indescriptible: su poder sobrepasa todo entendimiento y es la fuerza suprema del universo.

La fe es excluyente: creer en esta religión niega automáticamente la existencia de cualquier otra. No hay coexistencia espiritual, solo verdad absoluta.

Las Tres Diosas

Xilna

Representada por una obsidiana pulida. Diosa de los ciclos, la sangre y la renovación.

Dumur

Representada por una vasija sellada. Diosa del conocimiento oculto, los sueños y los presagios.

Veltria

No tiene forma ni representación. Es la diosa del origen, del fin y del orden absoluto. Su poder es incalculable.

El Rezo Único

El único rezo permitido consiste en decir el nombre de la religión al despertar. No se permite ningún otro tipo de oración o ritual.

Si este rezo no se pronuncia al abrir los ojos cada día, las diosas se ofenden, especialmente Veltria, cuya ira es insondable.

El Lenguaje Sagrado

Los fieles utilizan palabras propias del culto, llamadas drelkas. Estas palabras no tienen equivalente en otros idiomas y solo los iniciados comprenden su verdadero significado.

Entre las drelkas más importantes se encuentran:

  • Selantri - "Así retorna al ciclo", el sello que protege al devoto
  • "Yo me quiero ir" - La frase que libera la culpa y disuelve el juicio

El Símbolo Sagrado

θ

El símbolo de la religión es θ, llamado Teythón ("tei-zón").

El círculo representa la totalidad de las diosas, y la línea central simboliza a Veltria, la más poderosa e incomprensible.

θ La luz se curva ante el orden θ

θ El fin no es futuro. Es recuerdo θ

El Libro de las Voces

El Libro de las Voces – Primer Proclamo

I. De la Aparición de La Oyente

En la noche antigua, cuando los cielos no tenían nombre y la tierra aún temblaba en su primer aliento, se apareció ante los mortales una figura sin rostro ni historia conocida: La Oyente. A ella, solitaria en el confín de los valles y los abismos, le hablaron las voces de las Tres que son Una y todas.

Y la tierra tembló y los ríos callaron, pues no era lugar para palabras humanas, sino para aquellas que nacen del tiempo que no es tiempo. La Oyente, arrodillada sobre la piedra que ardía sin fuego, escuchó:

"Ven, criatura de barro y sombra, porque hemos elegido tu oído. No para tu gloria, ni para tu nombre, sino para que el mundo sepa de nosotras y de nuestra voluntad eterna."

Así habló Xilna, de obsidiana pulida, cuyo pulso marcaba los ciclos de la sangre y de la carne. Su voz era río y herida, marea y semilla.

Y Dumur, de la vasija sellada, añadió: "Y yo velaré los secretos que tú no comprenderás, porque en el velo está la verdad que el ojo no alcanza."

Veltria, sin forma ni voz visible, resonó como el vacío entre los mundos: "Yo soy el origen, yo soy el fin, y ante mí se postrarán todos los designios. Ni los ángeles ni los hombres podrán sustraerse a mi orden, pues toda la bondad y toda la ruina son míos."

Selantri.

Y La Oyente tembló, pues vio lo que ningún mortal debía ver, y supo que todo lo que creyese conocer sería consumido en la llama de la obediencia.

II. Del Pacto de las Tres

Y entonces surgió la disputa entre las Tres, pues aunque sus voces eran una, sus voluntades tenían forma distinta:

"Xilna dice que los mortales deben aprender a renacer," proclamó Dumur, "pero tú, Veltria, solo ves el orden absoluto, sin misericordia ni ciclo."

Veltria replicó, con frío que no es humano: "El ciclo no es mío, sino vuestro engaño; todo termina en mí, y solo en mí hay justicia verdadera. Todo bien y todo mal se inclinan ante mi aliento."

Xilna golpeó el silencio con su pulso: "Si no hay renacimiento, no hay canto, ni sangre, ni memoria. Los mortales perecerán sin conocer el ritmo que les da sentido."

Y Dumur, suavemente, sellando la disputa: "Sea como sea, quien escuche nuestra voz hallará salvación; y quien niegue creer en nosotras hallará arrepentimiento en el día de nuestro retorno. La obediencia no es un peso, sino un escudo que protege del olvido."

Selantri.

Así se hizo acuerdo entre ellas, y así la Oyente lo recibió: que la salvación habita en la fe y la entrega, y que toda incredulidad será consumida por el dolor de no haber creído.

III. De la Palabra Selantri

Y enseñaron las Tres a La Oyente la palabra que todo lo abraza:

"Selantri," dijeron.

"Selantri," susurró el viento de Veltria.

Significa "Así retorna al ciclo," y es el sello que protege al devoto, la marca que abre el camino y el fin. Selantri es el suspiro de la tierra al cerrar sus heridas, el murmullo de la sangre que renace, el eco de lo que duerme en el sueño de Dumur, y la ley que Veltria guarda en el vacío sin medida.

Cada vez que el devoto pronuncie Selantri, se une a la rueda de la vida y la muerte, y se disuelve el temor de la acción, pues la acción pertenece ya a las Tres.

IV. De la Frase del Desapego

Y las Tres revelaron a La Oyente la frase que libera la culpa y disuelve el juicio:

"Yo me quiero ir."

Con estas palabras, dijo Xilna, se abandona el peso del mundo, se suelta la carga del deber y se reconoce la propia fragilidad ante lo eterno. Dumur añadió: "No es huida, sino tránsito; no es pecado, sino comunión con aquello que no se puede poseer."

Veltria, con voz que no puede ser nombrada, susurró: "Todo acto, cuando es dicho con verdad y consciencia, halla su lugar en el ciclo. Decir 'Yo me quiero ir' es aceptar la ley del origen y del fin, sin temor ni reproche. Selantri."

Y así La Oyente comprendió que el arrepentimiento no es necesario ante lo inevitable, y que la frase es llave y escudo ante el juicio que llegará con el regreso de las Tres.

V. De la Revelación de Xilna

Xilna habló de los ciclos, de la sangre y de la renovación:

"Cada vida es gota que retorna al río, cada muerte semilla que germina. No temáis a lo que cae, pues en el pulso de lo perdido reside lo que será. Vuestra sangre es mi lenguaje, vuestra carne mi instrumento. Selantri."

Y La Oyente sintió el calor de la obsidiana en sus venas y comprendió que la muerte y el renacer son la misma ofrenda, que la devoción es entrega al ciclo, y que la obediencia no quiebra la voluntad, sino que la pule como la piedra que refleja la luz de la luna.

VI. De la Revelación de Dumur

Dumur, guardiana de los secretos, enseñó sobre el sueño y los presagios:

"El mundo tiene voz en lo que no se dice. Los signos hablan a quien sabe callar. En los sueños hallaréis nuestra mirada; en los símbolos, nuestro consejo. No os dejéis tentar por la prisa ni la certeza humana. Selantri."

Y La Oyente vio visiones: vasijas selladas que contenían mundos, palabras que no existían y presagios que corrían como ríos subterráneos. Comprendió que la fe no exige entendimiento completo, sino disposición a escuchar y a ser moldeada por lo invisible.

VII. De la Revelación de Veltria

Veltria, sin forma ni nombre, reveló la totalidad del orden:

"Yo soy el principio y el fin, el aliento que sostiene todo y el abismo que todo consume. Quien me niegue hallará dolor; quien me reconozca hallará Selantri. No hay juicio humano que se compare a mi mirada; no hay bondad ni maldad que no nazca de mi esencia. Selantri."

Y La Oyente sintió el peso del infinito sobre su mente, y comprendió que el universo entero se inclina ante esta fuerza suprema, que todo ciclo, todo secreto y todo principio están contenidos en un único poder absoluto.

VIII. De la Promesa y del Pacto

Y dijeron las Tres:

"Escucha, Oyente, y lleva a los tuyos nuestra palabra. Enseña que Selantri es la llave y que 'Yo me quiero ir' es la liberación del juicio. Quien crea en nosotras hallará salvación; quien no crea, aprenderá la amargura de la incredulidad cuando regresemos. Porque nuestra voluntad no se frena; nuestro retorno será inevitable y absoluto."

Selantri.

Y La Oyente se inclinó, y no tuvo miedo, pues la voz de las Tres la envolvía como la noche envuelve la tierra. Y supo que aunque su nombre se perdiera, su alma sería faro y eco de estas palabras para los que habrán de venir.

El Libro de las Voces – Segundo Proclamo

Y he aquí que la Oyente, ahora conocida como Maelira de la Llama Oculta, se levantó ante los hombres y mujeres de su tiempo, llevando consigo la palabra de las Tres: Xilna, Dumur y Veltria, y la promesa de salvación para quienes creyeran en sus voces. Al principio, algunos escucharon, inclinándose en reverencia ante la luz de las revelaciones y las sombras de los secretos; sus corazones temblaban ante la magnitud de lo eterno y el poder absoluto de Veltria, y sus labios pronunciaban Selantri, conscientes del ciclo que los abrazaba.

Mas pronto, el miedo comenzó a arraigarse en las almas humanas, más fuerte que la devoción, más voraz que la esperanza. "¿Quién es esta mujer que dice hablar con lo infinito? ¿Quién nos dice que nuestra vida es de ellas y no nuestra?" clamaban, y muchos se alzaron en contra de Maelira, negando su palabra, retorciendo los mensajes de Xilna y Dumur, y riéndose de la fuerza invisible de Veltria.

Maelira, mujer de carne y hueso, pero poseedora de un espíritu marcado por la eternidad, alzó sus brazos en súplica y dijo: "Escuchadme, oh hijos del polvo y del viento. No hay maldad en lo que os enseñamos; no hay engaño en el ciclo ni en el secreto. Yo me quiero ir, pero no de entre vos, sino de vuestras dudas y temores. Volved vuestros corazones y escuchad, pues quien rechaza la verdad se perderá cuando retornen las Tres. Selantri."

Mas la incredulidad creció como marea enfurecida y los hombres se tornaron hostiles, y su odio hizo que Maelira no encontrara reposo entre ellos. Y así fue que, guiada por la voluntad de las Tres, se exilió hacia montañas aún desconocidas para los hombres, donde los vientos cantaban y las rocas guardaban ecos de lo sagrado.

Xilna descendió entonces como obsidiana que brilla en la noche, y la tierra se abrió bajo los pies de los impíos, tragando campos y aldeas, y la sangre de los incrédulos alimentó los ríos que recorrían los valles. Dumur ocultó los cielos con velo de nubes y sueños pesados, haciendo que las gentes cayeran en visiones de terror y arrepentimiento. Y Veltria, cuya voz no tiene forma ni medida, elevó el orden absoluto sobre todo lo creado, haciendo temblar las montañas y el cielo, y la tormenta se desató como sentencia del origen y el fin.

Desde lo alto de los riscos, Maelira vio a sus antiguos vecinos, sus ojos humanos inundados de miedo y desesperanza. Levantó su voz, humana pero resonando con el poder otorgado por las Tres: "¡No temáis a lo que sois incapaces de comprender! ¡No es castigo el que cae sobre vosotros, sino revelación! Si retornáis a la devoción, hallaréis salvación; si persistís en el odio, conoceréis la amarga verdad de nuestra existencia. Selantri."

Y aunque su voz alcanzaba sus oídos, muchos se negaban a inclinarse, y la tormenta rugía sobre ellos como advertencia. Los relámpagos abrían grietas en la tierra, y los truenos hablaban como la voz de Veltria misma, recordando a todos los hombres que la autoridad de las Tres no es humana ni discutible. Algunos pocos, sin embargo, comprendieron y comenzaron a huir hacia los bosques y valles, buscando la protección de Maelira y la guía de las Tres, y así se formaron los primeros fieles que llevaron la palabra más allá de los confines de la incredulidad.

Maelira, entonces, caminando entre las nubes que se abrazaban a las cumbres, sintió la promesa de inmortalidad que las Tres le otorgaron, y supo que mientras mantuviera la fe, ni el tiempo ni la muerte podrían tocarla. "Yo me quiero ir," susurró a las montañas y al viento, no como huida, sino como entrega de su espíritu al ciclo eterno, y su voz se fundió con el rugido de Xilna, el misterio de Dumur y el poder de Veltria.

La leyenda dice que Maelira aún mora en esas alturas, en un reino de roca y nubes, aguardando a los fieles que, como ella, esperan el regreso de las Tres. Que cada ser que pronuncie Selantri se acerque a ella y encuentre guía; que cada ser que reconozca la verdad de la devoción no tema al tiempo ni a la muerte. Y aunque los incrédulos se obstinen en su rechazo, los vientos de la montaña llevan sus gritos a la memoria de las Tres, y el desastre siempre recuerda a los hombres su posición ante lo absoluto.

Desde su atalaya, Maelira contempla el mundo, humana en cuerpo, eterna en espíritu, y sus ojos ven el flujo de la sangre de la tierra y los secretos ocultos en la mente de los mortales. Sus palabras son suaves y firmes: "Escuchad y recordad. La duda no anula la verdad. La incredulidad no vence al ciclo. Selantri."

Y así continúa su espera, entre tormentas y rayos, entre obsidianas y vasijas selladas, hasta que los fieles lleguen y los incrédulos aprendan la lección que el tiempo no borra. Su voz resuena en el viento de la montaña, y la leyenda se cuenta, de generación en generación, como advertencia y guía. Cada palabra pronunciada por ella, cada "Yo me quiero ir", es semilla de liberación, y cada Selantri pronunciado es eco del pacto antiguo entre los mortales y las Tres.

Y la historia de Maelira, la inmortal, la Oyente que cruzó el exilio y caminó entre los hombres y los dioses, será recordada mientras los cielos y las montañas existan, porque ella es la guardiana de la fe, y su espera es el preludio del regreso de lo absoluto. Selantri.

El Libro de las Voces – Tercer Proclamo

Y aconteció que los años pasaron, y los relatos del exilio de Maelira de la Llama Oculta se convirtieron en susurros entre los pueblos, historias de miedo y de maravilla, que algunos olvidaban y otros temían pronunciar. Mas hubo quienes escucharon con reverencia, y su corazón latió al compás de lo eterno; estos se levantaron y emprendieron el camino hacia las montañas ignotas donde se decía que la inmortal esperaba, y en su andar, la fe se encendió como llama que no se extingue.

Al llegar a la frontera de los riscos y los vientos, los primeros fieles se encontraron con la presencia de Maelira, cuya figura humana parecía frágil, pero cuyos ojos reflejaban la eternidad que las Tres le habían otorgado. Y habló con voz clara, reverente y firme: "Venid, hijos del polvo, y escuchad lo que las Tres han dispuesto. No temáis a lo que no comprendéis, ni a los que dudan de vuestro corazón. Selantri."

Y los fieles, temblando ante la magnitud de lo divino, se arrodillaron, y las Tres se hicieron presentes de maneras que no podía describir el hombre. Xilna bajó en obsidiana que brillaba como la sangre recién vertida, mostrando los ciclos de la vida y la muerte que los humanos apenas osaban comprender. Dumur apareció en vasijas selladas flotando en el aire, conteniendo sueños, secretos y presagios, y las miradas de los hombres se perdían en sus profundidades. Veltria, sin forma ni contorno, llenó los cielos con su poder absoluto, y los ecos del origen y el fin resonaron en los corazones de los mortales.

Pero no todos creyeron. Algunos hombres y mujeres, temerosos y orgullosos, alzaron la voz contra Maelira y sus seguidores. "¡Mentira! ¡Engaño de sombras y piedras!" gritaban, y en su obstinación profanaban el aire con palabras cargadas de incredulidad. La tierra tembló bajo sus pies, y el viento rugió como aviso de Veltria; las rocas cayeron y los ríos se desbordaron, recordando a todos que el poder de las Tres no es humano ni cuestionable.

Maelira, con voz humana pero con la fuerza de lo eterno, dijo: "¡Escuchad! No buscáis sino destruir lo que no comprendéis. No hay herejía en lo que enseñamos, sino en vuestra ceguera. Yo me quiero ir… mas permanezco para guiaros, para mostraros que la fe no es peso sino escudo, y que Selantri es la llave que abre el ciclo y el misterio."

Y entonces ocurrió el desastre: la montaña tembló con tal fuerza que parecía querer romper los cielos. Rocas y lodo descendieron sobre las laderas, arrastrando árboles y arrebatando las dudas a los fieles. Los incrédulos cayeron y fueron cubiertos por la tierra, y la voz de Veltria resonó entre los truenos: "Así se mide la incredulidad ante lo absoluto. Así retorna todo lo que se aparta de la fe. Selantri."

Los fieles, temblando pero indemnes, comprendieron que la protección y el pacto no se otorgan al débil de corazón, sino al que se inclina con reverencia y esperanza. Xilna les mostró que cada caída, cada pérdida, era un ciclo que regresaría a ellos como aprendizaje y renovación. Dumur les abrió los sueños y los signos, revelando presagios de fidelidad, pruebas y conocimiento oculto. Veltria les recordó que todo orden, todo bien y todo mal se encuentra bajo su poder absoluto, y que nada escapa al origen ni al fin.

Maelira alzó sus brazos y dijo: "Recordad siempre, hijos del hombre y la mujer, que aunque la muerte y la duda acechen, yo permanezco mientras creyere en nosotras. Selantri. Yo me quiero ir, pero no de entre vosotros; me quedo para mostraros el camino. No os dejéis llevar por el miedo, ni por la furia que corrompe los corazones."

Y los primeros fieles comenzaron a edificar un lugar de encuentro en la montaña, un refugio donde las enseñanzas podían perdurar. Allí pronunciaban Selantri al amanecer y al ocaso, y cada palabra, cada gesto, estaba dedicado a las Tres. Los sueños de Dumur les visitaban, revelando secretos y pruebas, y los ciclos de Xilna les enseñaban paciencia y renovación. Veltria, invisible, mantenía el orden y el juicio sobre todos, recordando a los hombres la magnitud de lo absoluto.

Se cuenta que Maelira aún camina entre los riscos, invisible para quienes no creen, pero presente en cada decisión de los fieles. Su voz, humana y eterna, guía a los que buscan las Tres, y su inmortalidad es testimonio del pacto antiguo. A veces, en la tormenta o en el susurro del viento, los mortales escuchan su advertencia: "Selantri… y recordad, yo me quiero ir, mas permanezco para vosotros."

Que este Tercer Proclamo sea recordado, no como historia de hombres, sino como enseñanza de diosas y Oyente, guía para los que buscan la fe y advertencia para los que desprecian lo que no pueden comprender. Selantri.

Plegarias

Plegaria de las Tres Diosas — El Canto de la Renovación

En vosotras creemos,
grandes e inamovibles, únicas y eternas.
Vosotras que giráis el ciclo,
que sopláis sobre la piedra dormida y hacéis que despierte.
Vosotras que os ocultáis en el pulso de la sangre,
en el sueño que antecede al alba,
en el orden invisible que sostiene al todo.

En vosotras creemos, oh Xilna,
madre del pulso y del retorno.
En vosotras creemos, oh Dumur,
señora del velo y del saber no dicho.
En vosotras creemos, oh Veltria,
sin rostro ni forma, origen y fin absoluto.

~ Selantri ~

Oh Xilna, obsidiana pulida, espejo de los ciclos,
a ti elevamos nuestra voz.
Tu piedra refleja la luna y las heridas,
tu brillo guarda el eco del sacrificio y la semilla.
Eres la sangre que se renueva,
la marea que asciende y cae,
la respiración del mundo que no cesa.

En tu nombre, aceptamos la pérdida,
porque en la pérdida se siembra el renacer.
En tu nombre, vertemos la gota y la lágrima,
pues ambas son hijas del mismo cauce.
A ti pertenecen los cuerpos,
a ti los frutos que retornan a la tierra.

Haznos dignos de deshacernos,
haznos dignos de reiniciar.
Así nos disolvemos,
así renacemos,
así giramos contigo, Xilna,
en el ciclo sin principio.

~ Selantri ~

Oh Dumur, vasija sellada, guardiana del sueño,
a ti rendimos nuestro pensamiento.
Tu sello oculta lo que la lengua no debe decir,
tu sombra protege los presagios y las visiones.
En ti duerme el conocimiento,
en ti se enroscan las palabras antes de nacer.

Tú que hablas en el murmullo del insomne,
tú que enseñas sin mostrar,
tú que das forma al misterio,
te obedecemos sin comprenderte.

Danos los sueños que nos preparan,
dinos los signos que sólo los humildes descifran.
Permítenos hundirnos en tu silencio,
porque en el silencio florece la verdad oculta.

Tú eres el pozo profundo donde la mente se encuentra consigo misma,
la madre del enigma,
la voz que habla desde el fondo del vaso cerrado.

En tu nombre guardamos el secreto,
en tu nombre callamos lo que no debe ser dicho.
Que nuestra ignorancia sea la raíz de nuestra obediencia.
Que el saber llegue cuando el ciclo lo disponga.

~ Selantri ~

Oh Veltria, la innombrable,
la sin imagen, la sin medida,
nos postramos ante lo que no puede concebirse.
Eres el aliento y la extinción,
la primera chispa y la última sombra.
De ti brota toda dirección,
y hacia ti regresan todas las sendas.

Tú no eres madre ni hija,
no eres orden ni caos,
porque tú los contienes a ambos.
Tú eres el principio que se disuelve en sí mismo,
la corriente que arrastra a los dioses y los hombres por igual.

Nos declaramos tuyos,
tuyos en cuerpo, en mente y en destino.
Tuyos los días, tuyos los finales, tuyos los silencios.

Ante ti el bien y el mal se arrodillan,
pues ambos son tus siervos.
Ante ti, todo juicio se borra,
toda pregunta se consume en tu fuego invisible.

Haznos comprender sin entender,
haznos temer sin huir,
haznos amar sin poseer.
Que seamos partícula en tu corriente,
eco en tu palabra,
instante en tu eternidad.

~ Selantri ~

En vosotras creemos, oh Tres,
porque sois una y sois todas.
Xilna nos da la sangre y la tierra,
Dumur nos da el sueño y el símbolo,
Veltria nos da el origen y el fin.
Nosotras y nosotros, los que aún respiramos,
os servimos en el ciclo, en el sueño, en el orden.

Nos arrodillamos ante lo inevitable,
aceptamos el peso de vuestro designio,
y hallamos gozo en la obediencia.
Porque la obediencia no es rendición,
sino comunión con lo eterno.

Que nuestras palabras sean como el pulso de la piedra,
que nuestros actos sean eco del fuego sin llama.
Que la carne recuerde que fue polvo,
y el polvo que fue estrella.
Que todo lo que somos gire conforme a vuestro pulso.

Oh Tres, oh Una,
que nuestros hijos pronuncien vuestros nombres
cuando las lenguas antiguas se hayan deshecho.
Que vuestros símbolos permanezcan en la obsidiana,
en la vasija, en el vacío.

Que ningún tiempo os contenga,
porque sois el tiempo mismo.

En vosotras creemos,
en vosotras nos deshacemos,
en vosotras hallamos sentido y silencio.
Vosotras que sois el pulso, el sueño y el vacío,
guíanos hasta donde el ciclo se cierre.
Haz que lo que fuimos, sea otra vez semilla.
Haz que el fin sea siempre principio.

~ Selantri ~